Aprender a manejar las situaciones o problemas

  

¿Cómo he sido capaz de hacerlo? ¿Como sigo siendo tan imbécil?

Esto es lo que nos recuerda nuestra mente, algunas viejas emociones del pasado regresan como un relámpago, amenazantes, haciéndonos sentir pequeños. Momentos que aprovechan los miedos para filtrarse a través de las grietas generadas por las culpas y atacar de nuevo nuestra confianza. Comenzamos a sentirnos frágiles, parece que la vida nos enfrenta a otra gran prueba, un nuevo ensayo para comprobar nuestro nivel de tolerancia ante la frustración y las emociones destructivas.

Son unos de esos momentos por los que todos pasamos, en los que sentimos que todo se derrumba a nuestro alrededor, en los que nos convertimos en nuestro peor enemigo y nos sentimos culpables, momentos en los que la duda nos abraza, en los que la confianza y la fe en nosotros mismos nos abandonan.

Puede ser o no un hecho trágico, pero la mente es capaz de magnificar cualquier situación hasta niveles insospechados, es capaz de convertir granos de arena en gigantescas montañas, pequeños eventos en peligrosos monstruos. Son momentos en los que nos encontramos en un cruce de caminos, aunque a veces sólo veamos uno. Por eso es importante aprender a manejar esas situaciones.

Deberías hacerte esta pregunta; ¿Vas a morir por esto?.

Entonces no te comportes como una victima inocente que ha sido sentenciada a muerte.

Piensa que es una oportunidad clave, la ocasión para aplicar, porque no importa lo que sabemos, tan sólo lo que hacemos. Ése es el mayor abismo que existe, la gran diferencia que hay entre lo que sabemos y lo que hacemos. Hay muchos teóricos, muchos que hablan, pero la teoría sólo sirve y se convierte en conocimiento cuando se aplica, cuando se pasa a la acción, porque lo que realmente aprendemos lo aprendemos haciendo, no diciendo. Por eso el mayor discurso no es el que escuchamos, sino el que vemos, y cuando dejamos que las acciones hablen por nosotros.

Eleva la cabeza, estira el cuerpo para estar más erguido, y al mismo tiempo respira profundamente para aquietar tu mente. Lo primero es cambiar la postura corporal, su fisiología, porque hay emociones que nos llevan a ciertas posturas, pero también ciertas posturas que crean o aumentan un tipo concreto de emociones. Ocurre con todos los animales. Por ejemplo, cuando tienen miedo, se encogen, se hacen más pequeños. Para sentirnos más protegidos adquirimos una postura fetal, al igual que una persona deprimida se sienta más encogida, cruza las piernas, los brazos, se encierra, mira hacia el suelo, con los hombros caídos.

Esas posturas aumentan y perpetúan las emociones negativas. Por eso en una situación de este tipo deberíamos respirar mas profundamente y con el cuerpo erguido. Cuando alguien celebra algo, cuando meten un gol, ganan una carrera o logran algo positivo, se estiran, saltan o abren los brazos para celebrar, y en los labios aparece una sonrisa. También nos erguimos para parecer más seguros, esbeltos o atractivos, igual que algunos meten barriga y sacan pecho. Lo mismo ocurre en el mundo animal, cuando un macho quiere impresionar a la hembra, se yergue, se hincha y se pavonea. Las posturas nos hacen sentir y generar distintas energías y emociones.

El segundo paso es cambiar el lenguaje interno, porque las palabras que utilizamos para explicar una situación son las que finalmente le dan el significado. Y esa versión y esas palabras se convierten en nuestra experiencia. La forma en que describimos una situación genera la percepción de nuestra realidad.

En cuanto describimos con palabras una experiencia, podemos cambiar o magnificar el sentido de esa experiencia, empeorarla o mejorarla. El lenguaje que utilizamos condiciona nuestra vida, ya que las palabras que utilizamos para describir las cosas o las circunstancias nos colocan en un determinado estado mental. En ese momento deberíamos hacernos la siguiente pregunta; ¿Qué te estás diciendo a ti mismo? ¿Cómo estas describiendo esta situación? ¿Cuál es la historia que te estás contando?

Deja de darte cabezazos contra la pared, porque sabes que martirizarte no mejora nada.

El tercer paso es cambiar el enfoque y dirigir la atención hacia aquello en lo que sí tienes un mayor control, y dejar de dirigir el enfoque exclusivamente al problema. Cuando nos pasamos el tiempo en lo que no queremos, en la contrariedad que nos preocupa, o en algo sobre lo que no tenemos ningún control, la sensación de frustración e impotencia aumenta, al igual que la preocupación y el miedo, porque allí donde nuestra mente dirige su atención es hacia donde van todas nuestras emociones, nuestros sentimientos y nuestra energía.

En ocasiones, cuando perdemos el control y entramos en una espiral destructiva de constantes pensamientos negativos, seguimos un patrón de comportamiento que magnifica aún más esas emociones que no deseamos. En esos momentos tendemos a mantener de forma permanente nuestro enfoque sobre el problema que nos preocupa. Nuestro lenguaje interno se vuelve destructivo, describimos todo mucho peor de lo que en realidad es, y nuestro cuerpo tiende a encogerse, aumentando la sensación de impotencia. Al entrar en esa espiral negativa distorsionamos y magnificamos los hechos, y nos dejamos manipular por las emociones negativas. Creamos en nuestra mente la peor historia posible, y convertimos esos pensamientos en la percepción de nuestra realidad. Y acabamos sintiéndonos como si toda esa historia magnificada fuese una realidad en el presente, cuando la verdad es que la gran mayoría es producto de nuestra imaginación.

Esos tres puntos, la postura, el lenguaje y el enfoque de nuestros pensamientos constituyen la “triada emocional” y dan forma a una gran parte de nuestras emociones.

Una de las claves de la madurez emocional y la fortaleza mental es aprender a minimizar el impacto y la duración en que pueden afectarnos las inesperadas y difíciles situaciones a las que tendremos que enfrentarnos. Las circunstancias y los problemas son los que son, no hay que negarlos, sino reconocerlos y enfrentarlos. Pero depende de nosotros cómo y cuánto dejamos que las dolorosas circunstancias nos influyan. Por ese motivo tenemos que aprender a recuperar el control interior, ése es nuestro verdadero poder y el primer paso para el cambio: no esperar a que todo cambie, sino asumir la responsabilidad de nuestras emociones, y cambiar nosotros.

No podemos elegir ciertos acontecimientos y circunstancias que ocurren a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, siempre somos responsables y dueños de nuestra reacción ante ellas y de cómo dejamos que nos afecten.

Se consciente y piensa, que lo que pensamos es lo que sentimos, tanto si es cierto como si no.

 

No puedo cambiar la dirección del viento, pero puedo ajustar mis velas para llegar siempre a mi destino.

Jimmy Dean

 

Un lugar llamado destino